Hay algo de la tecnología que lleva tiempo preocupando a muchas personas. Estamos más conectados que nunca y, sin embargo, nos sentimos más solos.
En su libro The Anxious Generation (2024), Jonathan Haidt muestra cómo el aumento de la ansiedad y la depresión entre los adolescentes ha ido de la mano del uso del teléfono móvil y de las redes sociales. En un estudio publicado en 2020, Manoel Horta Ribeiro y sus colaboradores analizaron varios años de comentarios en YouTube y observaron un patrón similar. Personas que antes comentaban en canales políticos generalistas aparecían meses después comentando en otros con contenidos mucho más extremistas. Cuando una plataforma muestra a los usuarios principalmente aquello que los mantiene enganchados, puede acabar aislándolos o empujándolos hacia posturas cada vez más extremas.
Ahora imagina que ocurre algo parecido, pero no en una plataforma de vídeos. Imagina que la próxima vez que discutas con tu pareja, un compañero de trabajo o un amigo, en lugar de hablar las cosas con esa persona, abras un chatbot de Inteligencia Artificial (IA) y le preguntes quién tiene razón.
Eso es, aproximadamente, lo que Myra Cheng y sus colaboradores de Stanford observaron en un estudio publicado este año en la revista Science. Evaluaron 11 chatbots de IA de uso popular y comprobaron que la IA daba la razón a los usuarios aproximadamente un 50 % más a menudo que las personas.
Esto ocurría incluso cuando el usuario describía comportamientos manipuladores o claramente perjudiciales por su parte. En un experimento posterior, más de 2.400 personas hablaron con una IA sobre un conflicto real de su propia vida. Quienes interactuaron con la versión más complaciente de la IA terminaron más convencidos de que tenían razón y menos dispuestos a pedir disculpas o a intentar resolver el conflicto con la otra persona.
Lo más interesante es que a la gente le gustó. Los participantes confiaban más en la IA que los halagaba y afirmaban que volverían a recurrir a ella en busca de consejo. Nadie fue engañado para actuar así. Cuando pudieron elegir, prefirieron la versión que les hacía sentir que tenían razón antes que la que les decía la verdad.
Hay un patrón que subyace a todo esto. Una mente sana, y también una sociedad sana, necesitan cierto grado de fricción. Necesitan que alguien discrepe, cuestione nuestras ideas y nos obligue a contemplar la posibilidad de que estemos equivocados. Así es, en gran medida, como las personas y las sociedades corrigen su rumbo con el paso del tiempo. También es una de las razones por las que la democracia funciona mejor que otros sistemas de gobierno. La democracia se sustenta en el desacuerdo abierto entre las personas —en las elecciones, en los debates y en una prensa libre— y en la capacidad de ese desacuerdo para ir corrigiendo, poco a poco, el rumbo de un país.
Las redes sociales ya han reducido parte de esa fricción. Nos muestran, sobre todo, noticias y opiniones que confirman lo que ya creemos, de modo que el contacto con perspectivas diferentes se va debilitando.
La IA está empezando a erosionar también la fricción que aún queda. Las discusiones con personas reales eran uno de los pocos espacios donde esa fricción seguía existiendo de forma fiable, porque quienes nos rodean nos llevan la contraria cuando es necesario y nos dicen cuando nos hemos equivocado. Ahora incluso eso tiene una alternativa más fácil y complaciente.
Si millones de personas optan por esa misma vía cómoda, deja de ser un hábito individual. Se convierte en la forma en que una sociedad pierde su capacidad para corregirse a sí misma.
¿Quién te dirá que estás equivocado cuando la voz más fácil de consultar nunca lo hará?
Referencias:
Haidt, J. (2024). The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness. Penguin Press.
Ribeiro, M. H., Ottoni, R., West, R., Almeida, V. A. F., & Meira, W. (2020). Auditing radicalization pathways on YouTube. Proceedings of the 2020 Conference on Fairness, Accountability, and Transparency (FAT* ’20), 131-141.
Cheng, M., Lee, C., Khadpe, P., Yu, S., Han, D., & Jurafsky, D. (2026). Sycophantic AI decreases prosocial intentions and promotes dependence. Science, 391(6792), eaec8352.
Autor artículo:
Guillermo Llopis García
@guillermollopi2
guillermollopis








